| Serendipity, atenta a las señales |
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Es una palabra inglesa que me gusta mucho...
Entenderéis por qué me gusta tanto esta palabra, ya que esta positiva creencia popular puede postularse como un claro antecedente de nuestras técnicas de manifestación, amigas. Si queréis tener un ejemplo vivamente gráfico os recomiendo la reconfortante y emotiva película de mis querido John Cusack y Kate Beckinsdale, una comedia romántica tan deliciosamente tangible como sus protagonistas. La casualidad, la fatalidad, la llamada de nuestro corazón a su destino.
Queridas amigas españolas, que sois un caso, vuestro fatalismo –inscrito en vuestro volcánico adn, me consta- no os deja ver las oportunidades que os rodean a cada momento, dotadas milagrosamente de alas y sin motivos ni saber dónde ir que diría cualquiera de vuestros clásicos. De hecho adoro ese romanticismo sanguíneo a flor de piel, y en muchas de vosotras es una seña de identidad, un hecho de carácter indisoluble de vuestro espíritu; pero yo no estoy hablando de carácter, estoy hablando de disposición, de estar siempre atentas y abiertas a la maravilla del descubrimiento, de lo nuevo.
Y es que yo así lo creo, creo que estamos rodeadas de magia, de casualidades propicias más que de fatalidad y de imposibles. Hay más puentes de lo que creéis, sólo que no sabéis mirar, escuchar esa música nerviosa, blanca, que te dice que algo especial está apunto de ocurrir si realmente quieres. La bondad, el bien, nuestro beneficio nos rodea, el amor, la fortuna están a un paso; sólo hemos de ser capaces de saber verlas, de estar atentas a su paso, de escuchar a nuestro corazón cuando asoman su brillante aura…Un aura de cambio que muchas veces, incomprensiblemente, nos asusta. Hemos de abandonar el miedo al cambio y dejar lugar en nuestro corazón para lo que deseamos, creyéndonos merecedoras, acreedoras, de ello… Librarnos de nuestra autoimagen negativa, de conceptuarnos como perdedoras afrentadas por los hados, o como el tipo de mujer marcada que jamás conseguirá lo que quiere. En el fondo, de creer que no merecemos ni obtendremos jamás la felicidad.
Marcadas por la desgracia, creemos. Debajo de todo lo que creas que no te deja levantar cabeza, en el fondo crees irracionalmente que es pura desgracia que los dioses han dejado caer sobre ti lo que te hunde y te impide ser feliz. Esta percepción, que a veces no es más que miedo camuflado de autocompasión –miedo a afrontar lo que somos, a salir al mundo, a conseguir lo que queremos…- es a lo que me refiero con actitud, con estar ciega y cerrada a las energías positivas propiciatorias que nos rodean.
En tus meditaciones, en tus reflexiones, en esas sesiones de recogimiento que te das a ti misma, conecta con la gratitud, con el optimismo, la esperanza que intrínsecamente tenemos todas las criaturas vivas, que todas nosotras tenemos por el mero hecho de existir, sentir, emocionarnos, amar. Hemos de dejar recorrer esa sensación alegre y tranquila de serenidad, de confianza. Y daremos gracias por ello; y dejaremos que esa sensación de gratitud se apodere de nosotras con toda sinceridad. Y una vez allí, visualicemos lo que queremos, lo que de verdad queremos para nosotras. Quedémonos allí, sintámoslo.
En muy pocos días todo lo que nos rodea parecerá estar como “en orden”, seremos nosotras las que hayamos firmado la paz con lo que nos rodea. El mundo dejará de ser un entorno hostil, una historia gris con un final triste que nos ha atrapado para ser lo que es realmente, un campo de juego infinito con múltiples posibilidades, con millones de relaciones y de energías que nos rodean… Un Universo al que si sabes escuchar te estará proponiendo de alguna manera lo que tú le has pedido desde el fondo de tu corazón. Sólo hay que estar atenta, con el corazón abierto y sereno para ver la señales; Están por todas partes.
Por la Dra Michelle Nielsen
Paula Miranda 16/01/2012
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La acuñó el gran Horace Walpole en 1754 inspirándose en un popular cuento de hadas de la época originario de la tradición persa Los Tres Príncipes de Serendip, donde a los protagonistas no dejan de ocurrirles inesperados prodigios uno tras otro. El concepto se define de varias formas con ligeras variaciones en sus matices; generalmente se refiere a la sucesión continuada de sucesos fortuitos con felices o beneficiosas consecuencias, al descubrimiento de algo muy bello de forma casual o al hecho en sí mismo como un atributo personal de tener la capacidad de descubrir cosas buenas o llamar a la suerte sin proponérselo.









