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Ante los terribles sucesos de estos días acaecidos en Japón una no puede dejar de horrorizarse, de sobrecogerse...
Tantas vidas segadas, tantas familias, amistades, historias de amor rotas de la noche a la mañana por la implacable voluntad de la naturaleza. Nos horrorizamos ante la desgracia ajena, y también nos sobreviene un escalofrío de aprensión ante la certidumbre de nuestra propia fragilidad, la de que nuestras vidas, por mucho que pensemos en ellas desde una ilusión de control como algo sólido, son algo tan volátil y fugaz que ni siquiera nos lo planteamos a diario. Y quizá debiéramos hacerlo, debiéramos tomar de verdad las riendas de nuestra existencia de forma más honesta, lejos de engaños y sin miedo.
Os lo planteaba en el blog esta semana. Muchas veces racionalizamos, nos escudamos en la duda para evitar hacer cosas que nos ha pedido el corazón. De repente, te enterneces pensando en llamar a tu mejor amiga del instituto a la que hace años que no ves, o se te inflama el pecho unos momentos al pasar delante del lugar de trabajo del chico ese que tanto te atrae. Al momento siquiente, comenzamos a pensar en excusas y motivos de todo tipo para no llamar, para no dar el primer paso en esa nueva relación. A los cinco minutos pensaremos en esos sentimientos que nos iluminaron como en una idea tonta, en qué estaríamos pensando. Todo por miedo a exponernos, por miedo al rechazo; miedo a perder el control de nuestro pequeño universo. Racionalizamos ese miedo para mantener el falso confort, la falsa seguridad de nuestra vida, o un autoconcepto construido precisamente en la inseguridad. Así nos vamos traicionando, traicionando nuestro corazón y dejamos de vivir siendo nosotras mismas para convertirnos en un pálido y triste reflejo de lo que somos; por muy cargado de razones o de seguridad que pretenda estar.
Veía a los japoneses luchando por la vida, ayudando a los suyos con generosidad y valor, y me emocionaba ante la pureza y la sencillez de sus actos. No hay que esperar a situaciones límite para ser honesta, para ser tu misma. Reflexiona sobre qué es lo verdaderamente importante, descubre tus verdaderos sentimientos y hónralos, vive. Llama a esa amiga a la que echas de menos, invita a cenar a ese chico, muestra tu corazón a quien quieras dárselo. Si te equivocas, el mero hecho de haber seguido tus sentimientos sin excusas te dará fuerzas para afrontar cualquiera que sean las consecuencias.
Mark Twain decía que sólo nos arrepentimos de lo que no hemos hecho, que nuestros errores al fin y al cabo suelen hacernos mejores. Nuestra vida, la de todas, es un don que debe ser vivido.
Por la Dra Michelle Nielsen
Foto: Gtres
Quiéres saber más?????
Paula Miranda 21/03/2011
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