Lo que nos suele pasar con el frío, los días cortos, la rutina y un estado inconsciente de sopor es que solemos dejarnos ir. Funcionamos a piñón, como en una rendición preventiva, la inercia se adueña de nosotras y nos limitamos inconscientemente a dejar los cambios, lo que queremos hacer para más adelante. Estos días son los del bajón del blues de invierno de todos los años, y no podemos limitarnos a sobrevivirlo. Os decía hace poco que teníamos que recordar ser nosotras mismas, tener presente a quienes queremos, lo que amamos de nuestra vida y lo que queremos y deseamos para el futuro para vivir un mejor presente, un presente alegre, y constructivo.
La mejor forma de ser feliz es construyendo, dando sentido a las cosas que hacemos todos los días. Está muy bien que nos pongamos un traje brillante y salgamos a la calle con una sonrisa, que comuniquemos alegría y la mejor manera de sentirla anidar en nuestros corazones es cargándola de razones, de motivación.
Como os comentaba se une a la circunstancia habitual del cambio de clima y la depresión estacional, la tristeza que pesa en la calle, con corrientes de energía negativa, las que suelen cargar las crisis con las preocupaciones y temores de todos que se convierten en una losa- o una bruma- colectiva. Para dotarnos de energía y celebrar la vida quedamos en lo positivo y revitalizante que resultan las sesiones de meditación, de recogimiento personal, de afirmación de nuestra esencia en nuestros sentimientos positivos, la visualización de nuestros seres amados y de lo que realmente queremos. Una vez instaladas en esa paz/alegría, iremos más allá.
Lo peor que tienen las crisis es que tendemos instintivamente a protegernos, a mantener una alegría provisional, una "felicidad de precavido perfil bajo" como podría denominarla algún analista político en su retórica gremial. Parece como que en el fondo no queremos mirar del todo fuera, que hibernamos inconscientemente en un aplazamiento que en un principio será hasta las fiestas de Navidad y que luego se prolongará en la cuesta de Enero. La rutina, nuestros mecanismos hacia lo conocido, que en el fondo no es más que lo cómodo, es lo que no nos deja progresar y ser felices. Por una simple cuestión de aturdimiento, de falta de costumbre en el análisis de lo que queremos solucionar o conseguir en nuestra vida y la visualización de estos objetivos y su consecución.
Así que el segundo paso para estos meses de frío, de gris rutina, de abandono emocional, va a ser el introducir nuestros objetivos en nuestras meditaciones, en esos momentos de calma que hemos robado puntualmente para nosotras mismas. En nuestras meditaciones, en nuestros ratos de paz tumbadas en el sofá escuchando nuestras baladas soul favoritas con un vinito blanco, vamos a definir bien, a poner nombre e imágenes a aquello que queramos conseguir. Paso por paso vamos a imaginar cómo lo conseguimos, un día tras otro, disfrutando, anticipando la recompensa, viviendo el camino hacia el logro. En una palabra, vamos a poner nombre a nuestro triunfo, vamos a saber por qué lo queremos y vamos a sentirlo, a disfrutarlo. Da lo mismo, es el nombre de un chico, de un nuevo trabajo, de una liberación, de conseguir respeto o de perdérselo a algo... eso es cosa tuya y de nadie más.
Ponte manos a la obra. Prohibido esconderse bajo la manta de la tristeza, del aplazamiento, de la desconfianza... El momento de hacerlo es ahora. Y cuando lo hagas una vez no podrás dejar de hacerlo siempre. Y habrás caído en la inercia positiva de la ilusión, de la vida.
Por la Dra Michelle Nielsen
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